Tomar conciencia de la muerte casi simultánea de más de 1600 personas se hace difícil…
Hace cien años, el cachete más soberbio de la técnica humana era abofeteado con la mayor de las durezas.
El Titanic se convirtió prontamente en un símbolo de la capacidad de la mano del hombre, pero ello ocurrió más en razón de la dimensión que cobró su tragedia que de sus capacidades, pues en realidad no era el único barco de su tipo, siquiera en la propia compañía White Star. Paradójicamente una gigantesca estrella blanca flotando apacible por el océano fue la responsable de hundir al gemelo del Olimpic, para la mayoría ignoto trasatlántico en razón de no poder ostentar una catástrofe semejante a la de su hermano, si bien tampoco gozó de un feliz final. Pero volvamos al Titanic.
Previsión es lo que fatalmente no hubo en ese inaugural viaje del Titanic. Ante esa increíble falta de cordura hasta el propio barco hizo lo que pudo. Dió a sus ocupantes cerca de dos horas y media de estoica resistencia antes de quebrarse definitivamente y llevarse con él a las 1635 almas que no pudieron abordar los botes salvavidas. Pero el tiempo fue más que suficiente para salvar a todos; la culpa no fue del pobre… él cumplió con su parte…
A pesar de llevar a bordo a unas 2358 personas repartidas en 350 de primera clase, 305 de segunda, 800 de tercera y 903 tripulantes, sólo había botes para un 40 por ciento de esa cantidad; además es sabido que siquiera esos pocos botes tocaron llenos el agua helada; a tal punto llegó la exhibición de estupidez esa madrugada.
Hubieron algunas otras tragedias más pequeñas aparejadas al propio hundimiento y que terminaron sumando al estremecedor resultado final. Al parecer, y a manos del mismo iceberg quedaron inutilizados cuatro de los botes, truncando en el mismo momento de la colisión la posibilidad de salvar cerca de 240 pasajeros (más del 10 por ciento). Por si fuera poco -estamos hablando del techo del mundo- no todos los que tuvieron la ventura de acceder a un bote salvavidas pudieron salvarse. La diferencia de clases hizo mella en las mujeres y niños que en su mayoría pudieron escapar del naufragio ya que algunos no contaban con la ropa o la reserva de energías adecuada para soportar el extremo clima y, simple y tristemente, murieron de frío.
Ahora bien; cien años después ¿hemos aprendido algo?
El hombre técnico mantiene hoy esa misma actitud, dándose el estúpido lujo de actuar sin previsión. Nuestra cultura material sigue estoicamente -como lo hiciera el Titanic- soportando y poniendo literalmente todo de su parte para no quebrarse y seguir llevando este pasaje humano en este viaje civilizatorio que emprendiéramos hace cerca de 70.000 años, y sólo Dios sabe hasta cuándo…
Al zarpar, lo hicimos tímidamente sobre algunas herramientas de piedra y algunos arcos y flechas como únicas máquinas; hoy la cosa se ha multiplicado y complicado un poco.
Sólo Dios sabe hasta cuándo resistirá este barco, porque es seguro que nosotros no; no mostramos la más mínima idea de cómo prevenirlo…