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jueves, 26 de mayo de 2011

26 de mayo

















Estamos de cumpleaños. El de Aleksandr Pushkin. Nos queda un cacho lejos, en San Petersburgo, pero existe además otro problema aún más serio. Si bien es cierto que el cumpleañero nació un 26 de mayo (1799), no creo que nos pueda atender, al menos personalmente, salvo que contemos con etéreos poderes que vayan mucho más allá de lo que permita la red de Personal.
Dícese del muchacho como que fuera el padre de la moderna novela rusa. Por ende y, como bien Alejandra os ha aconsejado, validísima fuente entonces para abrevar nuestro sediento intelecto decimonónico. Por mi parte tan sólo cuento con background como para recomendarles una bella película, que en realidad es una versión de una versión de lo que inicialmente Pushkin hizo en 1830, una primera versión de la relación entre Antonio Salieri y nuestro amado Mozart.  A saber: la peli del checo Milos Forman, basada en la obra de teatro del inglés Peter Shaffer, son en realidad adaptaciones del cuento Mozart y Salieri incluído en el libro Pequeñas tragedias que Pushkin publicara, como dijéramos, en 1830. Dicen los que (realmente) saben de historia, que la versión que de los hechos hace el ruso está completamente teñida de sus traumáticas relaciones con sus colegas y, que el asesinato de Mozart perpetrado por el italiano, no es más que una metáfora de cómo él mismo se sentía frente a sus contemporáneos… envenenado…
Pero no es cuestión de ir por la vida envenenando gente, aunque uno fantasee más de lo recomendable con practicar con algunos colegas…
El libro contiene además un conocidísimo y readaptadísimo relato; El convidado de piedra.
Volviendo a Mozart y Salieri y más allá de la veracidad histórica en cuanto a lo fino de la muerte del recontragenial austríaco, la peli de Forman abunda en datos; es una catarata como para bañarse; salir empapado de esa tendencia europea en conservar el paradigma moderno. El papel de Hulce es (para mi gusto) muy bueno, aunque por momentos algo sobreactuado… exagerado, pero lo de Murray Abraham es sencillamente apoteósico.
Las más bellas escenas para mí, son aquellas en donde se lo ve a Mozart componiendo en su mesa de billar. Parece ser el modo francés, con tres bolas, una roja, una amarilla y una blanca. Al parecer Don Amadeus no usaba borradores. “La bestia” componía en su cabeza y pasaba al papel directamente…

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